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15 JULIO 2016 Imprimir

Atentado en Niza: libertad, igualdad y fraternidad más que nunca / infoLibre / Versión francesa en Courrier International

No pienso hacerle el juego a la barbarie yihadista, no pienso renunciar a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Es lo que ellos desean: que nos pongamos a su nivel, que retrocedamos hasta antes del Siglo de las Luces, que renunciemos a defender la universalidad de la razón, la tolerancia, los derechos humanos y los principios democráticos. Quieren que nosotros también nos entreguemos como corderos asustados al liderazgo de caudillos que nos conduzcan por el camino de una guerra de civilizaciones sin cuartel. Los yihadistas son apocalípticos: creen en la inminencia del Fin de los Tiempos, andan buscando la batalla del Armagedón.

Estuve anoche en la fiesta con que la embajada de Francia en Madrid celebraba el 14 de Julio, el día en que el pueblo de París asaltó aquella fortaleza de la tiranía que era la Bastilla y quiso abrir una era en que la libertad, la igualdad y la fraternidad rigieran las relaciones entre los seres humanos. El despliegue de policías nacionales y guardias civiles con chalecos antibalas y fusiles de asalto era impresionante alrededor de la residencia del embajador francés. También eran concienzudos los registros a la entrada en busca de objetos peligrosos.

Nadie se quejó: todos éramos conscientes de que Francia está en el punto de mira de los yihadistas de un modo particularmente cruel. Y da igual que actúen como lobos solitarios, como grupúsculos locales o siguiendo instrucciones del siniestro Daesh. Todos teníamos en la mente que un descerebrado con un cuchillo de cocina puede herir o matar a un montón de inocentes antes de caer abatido por la policía.

Sonó La Marsellesa y muchos la escuchamos con el sentimiento de que es más que el himno de una nación concreta, de que es un canto universal de rebeldía ante la opresión y la injusticia. Luego, el embajador Yves Saint-Geours, en un excelente castellano, subrayó que España y Francia viven hoy el mejor período de sus relaciones, y, ya en francés, citó los ideales del 14 de Julio, recordó los atentados brutales sufridos en su país en los últimos tiempos, se felicitó porque la Eurocopa hubiera podido evitarlos e instó a no bajar la guardia.

La noche era muy agradable, menos calurosa que las precedentes, y los cientos de franceses, españoles y gentes de otras nacionalidades reunidos en el jardín del embajador la disfrutamos con el espíritu con el que Francia celebra sus veladas del 14 de Julio: como el comienzo de lo mejor del período estival. Sin duda, miles de personas sentían lo mismo mientras veían los fuegos artificiales en el Paseo de los Ingleses de Niza.

Los yihadistas son bastante transparentes y en su actual ola de barbaridades en Francia dejan muy claro su mensaje. Odian la libertad de expresión, odian el humor y odian la irreverencia ante lo tradicional, lo sagrado, lo de toda la vida. Por eso atentaron contra Charlie Hebdo y tiene bemoles que los libertarios pusiéramos en esa ocasión los muertos y la ultraderecha sacara el rédito carroñero. Los yihadistas odian la joie de vivre, la alegría de vivir. Por eso atentaron en París contra un partido de fútbol, la gente que cenaba un viernes en las terrazas y la que escuchaba un concierto de música. Y, por supuesto, odian el Siglo de las Luces, las revoluciones americana y francesa, la separación del Estado y la religión, los ideales democráticos. Por eso atentaron en Niza precisamente el 14 de Julio.

¿No creen que sería de gilipollas seguirles el juego renunciando a todo eso que odian y entregándonos a aquellos de los nuestros que más se les parecen? ¿Cruzada contra yihad?

El yihadismo es una peste totalitaria que, como otras anteriores, tiene raíces ideológicas, políticas y socioeconómicas. Sus primeras víctimas, no lo olvidemos, son los árabes y musulmanes. Nueva York, Madrid, Londres, París, Bruselas y otras ciudades occidentales han sufrido atentados espantosos en los tres últimos lustros, pero también Beirut, Marrakech, Estambul, El Cairo, Dacca y Bagdad. Confundir el todo –el universo islámico– con la parte –el yihadismo– es un error tan monumental como identificar Alemania con los nazis. La inmensa mayoría de nuestros vecinos del Sur y el Este del Mediterráneo son aliados potenciales en la lucha por tierra, mar y aire contra esa peste. Es un factor que habría que usar con inteligencia.

¿Reforzar la seguridad? Es evidente. La eficacia de los servicios policiales y de inteligencia es manifiestamente mejorable sin necesidad de recortar la esencia de nuestras libertades y nuestros derechos. No necesitamos esas aparatosas ruedas de prensa, comparecencias institucionales, pactos antiyihadistas y cumbres extraordinarias a las que tan aficionados son nuestros políticos para salir en los telediarios, sino el tipo de labor callada e incesante de los agentes de seguridad que detecta a los descerebrados antes de que actúen.

He escrito antes "por tierra, mar y aire" y eso quiere decir que el combate contra el yihadismo debe ser global: no solo policial y militar, también ideológico y cultural, político y socioeconómico. Hay que desecar los pantanos donde anida y crece la peste. Hay que impulsar la democracia, el desarrollo económico y un mínimo de justicia social en el mundo árabe y musulmán, como se hizo en Europa para impedir la reaparición de los fascismos tras la Segunda Guerra Mundial. Hay que presionar a los jeques fundamentalistas del Golfo para que cesen de predicar y financiar su lectura salafista del islam. Hay que dar una solución al drama de los palestinos. Hay que mejorar la integración de los hijos de la inmigración en los principios y valores de las sociedades democráticas. Hay mucho que hacer y lamento decir que no se puede hacer antes del próximo telediario o las próximas elecciones.

Y, sobre todo, hay muchas cosas que no se deben hacer. No se debe repetir el error criminal del Trío de las Azores al invadir y destrozar Irak, convirtiéndolo en cantera y campo de operaciones del yihadismo. Los cretinos de Bush, Blair y Aznar nos decían que el mundo iba a ser más seguro después de la invasión de Irak; resulta evidente que no lo es.

Ningún sufrimiento de los tuyos justifica que causes sufrimiento a otros. El dolor de los sirios e iraquíes no justifica al individuo que atropelló con un camión a los inocentes de Niza. Los bisnietos del 14 de julio no podemos actuar como ese asesino.

Publicado en infoLibre en la mañana del 15 de julio de 2016

Traducido al francés por Courrier International.


 
13 ABRIL 2016 Imprimir

La deshonestidad intelectual / Sobre aquellos que se niegan a reconocer que se han hecho conservadores / infoLibre

 

Ya me gustaría a mí tener el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) para convertir la lengua hablada en la calle en un texto literario tan extraordinario como Voyage au bout de la nuit. No obstante, la admiración que siento por esa novela no es incompatible con la repugnancia que me produce el ciudadano Céline, autor de panfletos antisemitas en los años 1930 y simpatizante de la Alemania nazi. Céline es un ejemplo de manual de cómo se puede ser un gran escritor a la par que un canalla en lo moral, político e intelectual.

Félix de Azúa no es, ni de lejos, tan buen escritor como lo fue Céline, pero, en su descargo, hay que añadir que tampoco es un ciudadano tan peligroso. Azúa es un señorito que piensa que alguien como Ada Colau, una mujer de origen popular e ideas progresistas, jamás debería haber accedido a la alcaldía de la Ciudad Condal. También es un nacionalista, pero españolista, lo que, en su opinión, es serlo menos que si eres catalanista. Y, sobre todo, el flamante miembro de la Real Academia de la Lengua es un deslenguado, lo que no es, ni mucho menos, lo mismo que un practicante de la libertad de expresión.

Los comentarios clasistas y machistas de Azúa sobre Colau –debería estar sirviendo en una pescadería– le han dado espectacularmente la razón a Ignacio Sánchez-Cuenca, que incluye a este personaje entre los ejemplos prácticos de La desfachatez intelectual (Catarata, 2016). Denuncia Sánchez-Cuenca en este ensayo que gente como Azúa, Fernando Savater o Vargas Llosa pontifican en sus artículos periodísticos sobre todo lo divino y lo humano con la misma ignorancia de los datos y la misma petulancia que un cuñado borracho en la cena de Nochebuena. Y desde el mismo punto de vista: siempre reaccionario.

Conozco a Sánchez-Cuenca desde hace algunos años y certifico que es un tipo valiente tras su apariencia tranquila, una especie de Gary Cooper de nuestra escena universitaria. Ha osado criticar a las vacas sagradas de la intelligentsia española –grandes firmas de El País, El Mundo y ABC, autores estelares de nuestras editoriales, convidados indiscutibles en cualquier sarao politiquero o académico– y eso, para qué engañarnos, solo puede cerrarte puertas.

Sánchez-Cuenca le ha puesto nombres y apellidos a lo que muchos pensábamos: ninguno de esos intelectuales se ha jugado el pellejo, como hizo Zola con su J´accuse, denunciando los desahucios, la desigualdad socioeconómica, el recorte de libertades y derechos, la corrupción política y económica (excepto, off course, la de los Pujol) o los despidos masivos. No, nuestras vacas sagradas son monotemáticas: lo que les angustia es una posible ruptura de la sagrada unidad de España, amenaza focalizada ayer en Euskadi, ahora en Cataluña. Y, añadamos, todo lo relacionado con cualquier merma del españolismo castizo: la monarquía borbónica, las corridas de toros, el estilo tabernario de discusión...

El 15-M se atrevió a poner en cuestión los dogmas sobre la actual democracia española vigentes desde la Transición y, en ese sentido, actuó, como escribí en ctxt.es (Son las ideas, estúpido), a modo de un pensador callejero colectivo. Ahora parece haber llegado el momento en que ya puede hablarse de los mandarines del vigente régimen sin estar obligado a una actitud de embelesada y agradecida genuflexión. Gregorio Morán abrió el fuego con su El cura y los mandarines (2014) y Sánchez-Cuenca ha seguido con La desfachatez intelectual.

Se puede ser un gran escritor y un ciudadano dudosamente ejemplar. Tal es el caso de Vargas Llosa, del que acabamos de conocer –sin que nos extrañe demasiado– que, además de ser un hooligan del falso liberalismo de mamandurria, pandereta y corrupción de Esperanza Aguirre, tuvo cuentas oscuras en el paraíso fiscal panameño. Y asimismo se puede ser un intelectual que defendió en su juventud principios y valores libertarios y fue envejeciendo mentalmente muy mal. Tal es el caso de Savater, que en su juventud exaltaba la iconoclastia ácrata de Guillermo Brown y acabó convirtiendo en propagandista de la rojigualda Rosa Díez.

A nadie se le puede negar el derecho a evolucionar intelectualmente, por supuesto. Uno puede haber sido progresista en su juventud y, a medida que aumentaba el dinero en sus cuentas corrientes, iba añadiendo viviendas y fondos de inversión a su patrimonio, compadreaba con el mundo del poder y la riqueza, uno puede ir haciéndose conservador, o sea, asustadizo ante la novedad, la incertidumbre, el cambio. Ese modo de evolucionar es natural, comprensible, tristemente humano. Lo deshonesto es negarse a aceptarlo, pretender que uno sigue siendo un rebelde. Esto, apreciados Savater, Azúa, Vargas Llosa y tantos otros – supone un engaño, un fraude, una impostura.

Me pregunto por qué muchos de los intelectuales citados en el ensayo de Sánchez Cuenca están instalados en el negacionismo, se ponen como una hidra cuando se les dice, sin acritud, tan solo constatando un hecho, que ahora son de derechas. ¿Es el fruto de un sentimiento de vergüenza propia ante la traición al niño y al joven que fueron? ¿Es el deseo de no perder los lectores que consiguieron en su tiempo?

No hay nada malo en ser de derechas, lo extraño es negarse a reconocerlo. Azúa y compañía, sed sinceros con vosotros mismos: asumid que ahora sois conservadores, preferís el orden, la seguridad y la tradición, lo que, insisto, es respetable dadas vuestras edades y situaciones profesionales y económicas. Hacedlo y, estad seguros, aplaudiremos vuestra honestidad.

Este artículo en infoLibre


 
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