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24 ENERO 2018 Imprimir

Bajo el asfalto sigue estando la playa / Medio siglo de Mayo del 68 / infoLibre

Durante unos cuantos días de mayo de 1968, Cipriano Mera desapareció de su domicilio en un barrio popular de París. El anarquista español exiliado, entonces ya septuagenario, se había sumado a la rebelión en las calles de la capital francesa. En bicicleta, tocado con una boina y chapurreando un francés casi incomprensible, Mera recorría las barricadas del Barrio Latino aconsejando a los jóvenes sobre cómo hacerlas más inexpugnables. Los jóvenes le hacían caso. No sabían que Mera había sido el líder de los albañiles madrileños durante la II República y, luego, durante la Guerra Civil, el general de una sólida columna militar cenetista, una de las pocas que obtuvieron victorias en el campo de los que luchaban contra Franco. Pero debían intuir su autenticidad y su experiencia. Le llamaban le Vieux Anarch Espagnol.

La historia está recogida en Esplendor en la noche (La Linterna Sorda), uno de los primeros libros publicados en España con motivo del cincuenta aniversario de Mayo del 68. Editado por Ana Muiña y Agustín Villalba, este libro pone el acento en la dimensión libertaria, universal y duradera de aquella rebelión. El gran ejemplo de esta dimensión son las ideas absolutamente actuales que supo expresar de modo poético. Por ejemplo, aquella que dice que debajo de los adoquines está la playa.

Al Partido Comunista francés no le hizo la menor gracia de Mayo del 68, aunque no tuviera más remedio que sumarse a la revuelta obrera que siguió a la estudiantil. Dogmático y comodón, el PC lo descalificó como la obra de “grupúsculos ultraizquierdistas” liderados por “el anarquista alemán Cohn-Bendit” (nótese el toque xenófobo en la mención a la condición de “alemán” de Cohn-Bendit). No andaba descaminado el olfato estalinista del PC francés. La protesta iba tanto contra el asfixiante capitalismo vigente en Occidente como contra la falsa alternativa social-burocrática de la Unión Soviética.

El situacionismo de Guy Debord y Raoul Vaneigem aportó muchas de las ideas que se expresaron en las pintadas y los afiches de Mayo del 68 con la frescura del arte efímero. Los situacionistas denunciaban que el consumismo y el espectáculo eran en Occidente el equivalente contemporáneo al pan y circo de los emperadores romanos, el placebo que hacía soportable para la mayoría la dureza y la mediocridad de sus existencias. Otras formas de vida eran posibles, pregonaban. Lo expresaban con fórmulas tan fulgurantes como esta: “En una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura que queda es abolir esa sociedad”.

George Orwell decía que la diferencia política sustancial no es la existente entre la derecha y la izquierda, sino la que distingue a los partidarios de la libertad de los partidarios de la autoridad. Y algo de razón tenía. Vivir de pie, el documental de Valentí Figueres sobre Cipriano Mera, recoge asimismo la historia de cómo Mayo del 68 alegró los últimos años de vida del ácrata madrileño. “Desde el corto verano de la anarquía, el de 1936, Mera no había vuelto a ver esa energía que hace tambalearse al mundo”, cuenta el documental. Al viejo albañil tampoco le fallaba el olfato: Mayo del 68 era una explosión antiautoritaria.

Por allí andaban Enma Cohen, Freddy Gómez y otros insumisos del sur de los Pirineos. Y allí, en la Sorbona, Paco Ibáñez cantaría ¡A galopar! en el primer aniversario de la rebelión. España, que había sido el país más libertario de Europa, no podía estar ausente de aquellas barricadas que, como dice Esplendor en la noche, cerraban calles pero abrían caminos.

Los perezosos mentales se regocijaron cuando De Gaulle ganó las elecciones francesas después de Mayo del 68. Ven, el recreo se terminó, todo vuelve al orden, dijeron. Pero no, los perezosos mentales se equivocaban. El mundo –igualdad de la mujer, derechos de los gais, libertad de costumbres, sentimiento ecológico, normalización de la sexualidad, rechazo al racismo…– ya no sería igual tras aquel año rebelde. Y es que son las ideas las que lo mueven. Las que había tenido De Gaulle al rebelarse contra Hitler y Pétain en junio de 1940 y las que tenían los jóvenes franceses que, 28 años después, pedían su jubilación.

La juventud suele tener razón cuando piensa, siente y actúa como juventud, cuando intenta mejorar el mundo que hereda de sus padres, cuando quiere hacerlo más libre, justo y gozoso. Hoy, medio siglo después de Mayo del 68, bajo el asfalto sigue estando la playa.

Este artículo en infoLibre


 
29 NOVIEMBRE 2017 Imprimir

Cuando lo francés es tóxico / Atentado en el Sinaí, islamofobía y Francia / Publicado en infoLibre

El pasado viernes, un atentado yihadista segó la vida de más de 300 musulmanes en una mezquita del Sinaí (Egipto). No era la primera vez, ni mucho menos, que una acción terrorista de Daesh, Al Qaeda o asociados tenía como objetivo a seguidores de la religión del Corán. De hecho, el 90% de las víctimas de estos bárbaros son musulmanes.

Esto les resbala por completo a los predicadores de la islamofobia, esta nueva variante del odio al diferente que durante siglos se expresó en Europa a través del antisemitismo. Ellos siguen a lo suyo: proponer exclusiones, deportaciones, bombardeos y guerras contra todos los musulmanes. Se niegan a salir de su zona de confort: el comentario de taberna, convertido hoy en espectáculo televisivo en este y casi todos los demás asuntos.

La islamofobia es injusta: castiga a millones de personas por unos crímenes de los que ellas son las principales víctimas. La islamofobia es intelectualmente despreciable: confunde el todo con la parte. Equivale a equiparar a los vascos con ETA o a los alemanes con Hitler.

El yihadismo no es una religión, es una interpretación sectaria de una religión. Las razones por las que encuentra partidarios son políticas, sociales, económicas y psicológicas, tienen que ver con la existencia de ciénagas propicias. También en la Alemania de 1930 fueron precisas circunstancias tan graves como objetivables para que prosperara el delirio nazi.

Para los sectarios de Daesh, los primeros a abatir son los musulmanes que no comulgan con su retorcida lectura del islam. O sea, todos los chiís, esa mayoría de suníes que no es salafista y, como se ha visto en el Sinaí, los practicantes de la espiritualidad sufí.

La islamofobia es muy contraproducente. Le hace el juego al yihadismo al aceptar su relato de confrontación apocalíptica. Bush, Trump, Le Pen, Geert Wilders y compañía son los rivales occidentales soñados por Daesh y Al Qaeda. Les regalan argumentos y reclutas. Solo junto a los musulmanes podrá ganarse al yihadismo. Insultarles es insultar a decenas de millones de aliados potenciales. Es como si Eisenhower se hubiera puesto a despotricar de los franceses en las vísperas del desembarco en Normandía.

Llegados a este punto, el islamófobo suele rebuznar así: lo que proponen los progresistas es que nos quedemos sentados esperando el próximo atentado mientras cantamos Imagine. ¡Menuda gilipollez! Los progresistas somos los más críticos a la hora de denunciar los fallos de los servicios policiales y de inteligencia en la prevención de los ataque terroristas. Desde el 11-S a los atentados en París, pasando por el 11-M español, las pifias han sido considerables. Queremos más eficacia y menos palabrería. Por cierto, no se nos ha visto derramar lágrimas cuando los Mossos abatieron a los terroristas de las Ramblas.

¿Inacción? Al contrario. Proponemos una acción preventiva más seria a la par que una acción política, social, económica y cultural que deseque los pantanos donde germina la peste. Queremos más neuronas y menos testosterona. Y lo que desde luego rechazamos es chaladuras como la guerra de Irak. La Francia de Chirac hizo muy bien oponiéndose a los pirómanos Bush, Blair y Aznar. Lo único que consiguieron fue incendiar aún más Oriente Próximo, introducir a Al Qaeda en Irak  y convertirse de esa manera en comadronas del mismísimo Daesh.

Pero no todo lo procedente de Francia es digno de admiración. No cabe importar polémicas absurdas como la del hiyab en la escuela o el burkini en la playa. Bastante tenemos con nuestros propios líos. También sería disparatado escuchar a tipos como Manuel Valls.

Es natural que la ultraderecha sea islamófoba. Entronca con las cruzadas que mitifica y le permite sustituir el antisemitismo por una metadona hoy más tolerada socialmente. Lo que resulta penoso es que se les sumen individuos que se pretenden de izquierdas.

Valls pertenece a ese presunto centroizquierda que a la hora de la verdad siempre está con la derecha. Como primer ministro de Hollande, llevó a la ruina a los socialistas franceses a fuer de asumir con la fe del converso las políticas económicas neoliberales y el discurso contra los inmigrantes. Yonqui de la politique politicienne (la politiquería), Valls, tras ser derrotado en las urnas, se apresuró a mendigar un cargo en las filas del victorioso Macron.

También es un yonqui de la televisión, dice cualquier cosa con tal de seguir en el candelero. Ahora recorre los platós franceses compitiendo con Le Pen en defensa de la “identidad nacional”, amenazada, dice, por los sarracenos. De paso, estigmatiza como islamo-gauchistes a Edwy Plenel y Jean-Luc Mélenchon.  No conozco personalmente a Mélenchon, pero sí a mi colega Plenel y tiene de islamo lo que yo de campeón de patinaje artístico.

¿Cuál es, según Valls, el pecado de Plenel? Reivindicar la libertad y la pluralidad como valores esenciales de la República Francesa, denunciar la islamofobia como un nuevo paso en “una deriva política hacia posturas autoritarias e intolerantes”.

Valls es de esos que les limpian con sus lenguas las babuchas a los jeques de Arabia Saudí. Pero en los platós se proclama la Juana de Arco del laicismo. Por supuesto. Una visión absolutista del laicismo es un truco habitual en Francia para justificar la islamofobia. He escrito absolutista porque el laicismo no quiere decir que desde el Estado tenga que combatirse tal o cual religión. El laicismo, una idea capital del Siglo de las Luces, significa que el Estado no asume ninguna creencia como oficial u oficiosa, y garantiza la libertad de todas.

Lo dicho: no todo lo procedente de Francia es saludable. Algunas cosas son tóxicas.

Este artículo en infoLibre

Este artículo en Mediapart (Francia)


 
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