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06 MARZO 2014 Imprimir

¡Viva don Antonio Maura! / Sobre un Gobierno de concentración PPSOE / Publicado en infoLibre
A fuerza de inclinarse ante la “razón de Estado”, las “exigencias de los mercados” y otras consideraciones de “realpolitik”, el PSOE lleva cuatro años alejándose de los 11,3 millones de ciudadanos que en 2008 convirtieron a Zapatero en el presidente de Gobierno más votado hasta la fecha. Una y otra vez, las decisiones adoptadas por el liderazgo socialista siguen llevando agua al molino de los que piensan que PSOE y PP vienen a ser la misma cosa, “la misma mierda”, según una fórmula del 15-M. Desde la reforma de la Constitución para blindar a los prestamistas a costa de los ciudadanos, hasta el actual apoyo en la presidencia de Navarra a la presunta corrupta Barcina, Ferraz coincide disciplinadamente con Génova.


Supongo que cálculos electoralistas a corto plazo –no tener que escuchar en las europeas la matraca derechista de que el PSOE es “cómplice” de Bildu– y el miedo que le tiene a los belicosos editorialistas y tertulianos del mayorejismo, han sido capitales en la decisión de Ferraz de prohibir a sus compañeros navarros que voten la censura de Barcina. Algunas de las contradicciones de esta decisión han sido expuestas aquí por Manuel Rico. Otra puede deducirse aplicando el método de la reductio ad absurdum, una de las bases del pensamiento lógico occidental: un demócrata no puede votar jamás junto a Bildu aunque proponga la paz mundial o el fin de la pobreza en África. Ridículo.

Con la “razón de Estado” incrustada en su alma y el tacticismo como método de acción, a Ferraz parece habérsele escapado que, a tenor del último sondeo del CIS, el paro y la corrupción son las grandes angustias de los españoles, muy por encima de una ETA que lleva años sin matar. Y eso si es que Bildu es ETA, que el Tribunal Constitucional dice que no, polémica en la que yo, permítanme, no deseo entrar ahora. En 2014 la corrupción me preocupa mucho más, francamente, y del episodio navarro deduzco que Ferraz prefiere mantener en su cargo a una señora que considera corrupta antes que enfrentarse con el PP.

Lo que me lleva a recordar que Ferraz parece haber olvidado su propia historia. En 2008 un Zapatero acusado por Rajoy y el mayorejismo político y mediático de “traicionar a las víctimas de ETA” y lindezas semejantes, obtuvo en las urnas más votos que Felipe y Aznar en sus tiempos y que Rajoy en 2011.

Entretanto, se abre camino en determinados cenáculos madrileños la idea de un Gobierno de concentración entre PP y PSOE tras las próximas elecciones generales. Como probablemente esos comicios estarán marcados por una fuerte abstención, una severa caída del PP sin que el PSOE remonte lo suficiente si mantiene su actual liderazgo, y una subida de terceras fuerzas como IU y UPyD, esos cenáculos anticipan que ni Rajoy ni Rubalcaba alcanzarán una mayoría suficiente para hacerse con el Ejecutivo. En ese caso, proponen, gobernaría el que más votos tuviera en coalición con el segundo. Rajoy con Rubalcaba como vicepresidente, Rubalcaba con Soraya Sáez de Santamaría como vicepresidenta, cosas así.

A los que así especulan les parece una gran idea. Invocan “el espíritu de consenso de la Transición”, citan las experiencias alemanas de Grosse Koalition, viajan a un pasado imaginario o a un extranjero muy ajeno, para armarse de argumentos prestigiosos que disfracen su propósito: mantener lo existente. Y para millones de españoles lo existente no es sino una democracia manifiestamente mejorable, una bipartitocracia al servicio de banqueros y grandes empresarios, una casta política profesionalizada y proclive a la corrupción, una monarquía que causa problemas en vez de resolverlos, un sistema fiscal benigno con los ricos y que esquilma a los pobres, un reparto cada vez más injusto y desequilibrado de la riqueza nacional. ¿Es esto lo que sostendría una eventual coalición PP-PSOE o PSOE-PP?

Lo malo que tiene pasarse el día entre el sillón de cuero del despacho, el coche de gran cilindrada con chófer uniformado y el restaurante con estrellas Michelin, es que reblandece el cerebro. Ese Gobierno de coalición es, de hecho, el sueño de muchos de los denominados “antisistema”. No empleo ese término de modo peyorativo, que conste. Si por “antisistema” se entiende desear más democracia, un sistema electoral más justo, una total transparencia en la gestión del dinero público, severos castigos para los políticos que roben, un modelo territorial más conforme con nuestra pluralidad, una jefatura del Estado más responsable, un sistema fiscal más equitativo, un empresariado menos especulador y más productivo, una sanidad y educación públicas decentes, yo mismo podría considerarme “antisistema”.

Preferiría, eso sí, que una regeneración, una reforma a fondo, una segunda transición, un proceso constituyente o reconstituyente, o como quiera llamársele al cambio de “sistema”, se produjera de modo ordenado y pacífico. Agradecería no vivir sobresaltos en mi vejez. Si fue posible pasar de los Principios Fundamentales del Movimiento a la Constitución de 1978 sin revolución ni guerra civil, ¿por qué no podríamos los españoles repetir la hazaña?

¿Reforma de la Constitución o nueva Constitución? ¿Segunda monarquía parlamentaria o tercera república? ¿Recentralización, federalismo o viva Cartagena? Tal es, en mi opinión, el debate que los españoles podríamos realizar de modo civilizado, escuchando a todos, buscando puntos de encuentro, cediendo unos y otros en aras de las fórmulas menos traumáticas y más prometedoras. Así, me parece, se resucitaría el verdadero espíritu de la Transición, no bunquerizándose en fórmulas de otro siglo y otra España.

La mera sugerencia de tal debate provoca sarpullidos en el PP. Es lo normal: son conservadores y no lo ocultan. Del PP no cabe esperar, en principio, otra cosa que la defensa fundamentalista de la Constitución de 1978; lo estamos comprobando en su respuesta a la crisis catalana. Pero del PSOE, si es que aún se tiene por progresista, cabría esperar otra cosa.

Me temo, sin embargo, que eso es wishful thinking, pensamiento ilusorio. Me temo que a la dirección del PSOE y a sus amigos mediáticos les tienta mucho más lo de la Grosse Koalition, una fórmula que aunaría el mantenimiento de sus propios privilegios corporativos con el deseo del establishment de terminar de convertir a ese partido en su segunda marca. Ahora bien, me pregunto, ¿garantizaría semejante enroque la estabilidad del “sistema” que cree defender? ¿No provocaría, por el contrario, mayor desafección ciudadana, mayor radicalidad en las protestas, mayor audiencia para los que proponen la ruptura? ¿No sería la prueba suprema de que eso del PPSOE no está alejado de la realidad?

La España de la Restauración se enrocó en el compadreo entre conservadores y liberales, y sabemos cómo terminó la cosa. Cuando uno ve chanchullos como lo de Barcina, tiene la impresión de vivir en el tiempo de sus bisabuelos. Ya sólo falta una reedición del gobierno de concentración liberal-conservador que presidió Antonio Maura en 1918.

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05 FEBRERO 2014 Imprimir

Chaves Nogales y "el viejo oficio de narrador" / Periodismo / Publicado en infoLibre

“Mi viejo oficio de narrador”: ésta fue la fórmula con la que, expatriado en París, Manuel Chaves Nogales definió el periodismo, el trabajo que se aprestaba a reemprender para varias publicaciones de América Latina. Todo lo auténtico e imperecedero que pueda decirse sobre el periodismo está en esas pocas palabras; el resto son debates bizantinos sobre el sexo de los ángeles, fugaz espuma de los días, ganas de marear la perdiz.

“Oficio”: una actividad tan humilde y necesaria como la del albañil o el bombero. “Narrador”: contador de historias –verdaderas en este caso–; no portavoz, copista o notario.

Acabo de ver El hombre que estaba allí, un documental de apenas media hora sobre la vida de Chaves Nogales realizado por Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente. No soy quién para decir si debe o no ganar el premio Goya para el que compite en su correspondiente apartado. Permítanme, en cambio, que lo recomiende a todos los aprendices de periodistas. Es probable que les enseñe más verdades sobre este maravilloso ganapán que muchas horas de clase en las facultades.

Se dice muy pronto en el documental que Chaves Nogales se dedicaba a “mirar, ver y contar”: tal era su “oficio”. Es lo que el sevillano hizo en España, Alemania, la Unión Soviética, Francia y Reino Unido: ir a los lugares donde ocurrían cosas relevantes –en avión desde muy pronto, lo que era una novedad–; hablar con toda la gente a su alcance –desde el ministro de turno al campesino analfabeto víctima de sus políticas–; tomar notas de lo que veía y le decían, y procurar escribir una buena historia en su Underwood. Con la mayor rapidez y en el mejor castellano posibles.

Lo hizo el Nuevo Periodismo estadounidense de los años 1970, lo hace ahora la Nueva Crónica latinoamericana, pero también se ha hecho en España, aunque no se hable de ello en los reiterativos coloquios sobre el porvenir del oficio y de la industria. Lo hizo Maruja Torres en los años 1980 y 1990, y lo hizo Chaves Nogales en los 1930 y primeros 1940. Entre otros, que conste.

El hombre que estaba allí reconstruye la vida de Chaves Nogales a partir de las no excesivas huellas que dejó de su paso por la tierra –artículos de periódicos, libros, fotografías y cartas– y de los testimonios de conocedores de su obra como María Isabel Cintas, Andrés Trapiello y Antonio Muñoz Molina. Suberviola y Torrente sólo han podido encontrar unas imágenes en las que se le ve en movimiento: una filmación en la que aplaude emocionado al primer presidente de la II República en el día de su jura del cargo. También han contado con la colaboración de Pilar, hija de Chaves Nogales, que, en un momento dado, dice: “Era republicano al cien por cien”.

Hijo de un redactor jefe del diario sevillano El Liberal, reportero desde muy joven, autor de una biografía del torero Juan Belmonte, director del diario madrileño Ahora, fumador impenitente de cigarrillos Lucky sin filtro, vestido casi siempre con un traje de raya diplomática y una pajarita, Chaves Nogales ha sido citado en los últimos años como la encarnación de la tragedia de los ilustrados españoles que terminaron aplastados por el choque de trenes de los totalitarismos de los años 1930. Como un ejemplo más del infortunio de una prometedora república que terminó siendo arrasada por los malos vientos de la época en la que le tocó nacer.

Eso es cierto. Aunque tal vez, para atajar alguna que otra interpretación torticera que circula sobre Chaves Nogales, convenga citar las palabras pronunciadas en la BBC por su amigo Antonio Soto el día de su muerte, en Londres. Ese 9 de mayo de 1944, Soto contó que Chaves Nogales le había dicho: “Si los españoles abusan alguna vez de la libertad, démosles más libertad. Los males de la libertad sólo con libertad se curan”. Y también que el periodista estaba muy entristecido al intuir que iba a morir antes de poder ver “la derrota del fascismo”. No, amigos, Chaves Nogales no era un conservador. Era un liberal en el buen viejo sentido de la palabra, no el que le dan hoy algunos liberticidas de la derecha carpetovetónica.

Pero me interesa más el periodista, lo que su ejercicio del oficio nos puede enseñar. Por ejemplo, que en 1933 viajó a la recién estrenada Alemania nazi y acertó a contar en sus crónicas los componentes de antisemitismo, militarismo y doctrinarismo que la hacían tan peligrosa. No se limitó a reflejar la propaganda de color de rosa que el III Reich ofrecía a los corresponsales extranjeros en el transcurso de afables y copiosos almuerzos en el Hotel Adlon. Al contrario, Chaves Nogales, periodista como hay que ser, sagrado con los hechos, libre y crítico en la visión, entrevistó a Goebbels, transcribió sus declaraciones e informó a sus lectores de que le había parecido un tipo muy peligroso, “de esa estirpe dura de los sectarios”, uno de esos fanáticos que “fusilarían a su padre si se les pusiera por delante”.

Chaves Nogales siempre practicó el reporterismo. Aún siendo director de Ahora, pasaba más tiempo viajando que en su despacho. Probablemente, porque intuía eso que Andrés Trapiello dice en El hombre que estaba allí: “Quien cuenta el mundo se cuenta a sí mismo”.

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