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24 NOVIEMBRE 2014 Imprimir

Hermano Juan / Concesión del Premio Cervantes a Juan Goytisolo / Publicado en infoLibre

Juan Goytisolo siempre ha dicho que su patria es su lengua. Vive en Marruecos, tras haberlo hecho en España, Francia y Estados Unidos, pero asume gustosamente el apelativo de Juan Sin Tierra; no es de los que se identifican con una bandera, una nación, una raza, una religión o cualquiera de esas zarandajas creadas para que los desheredados nos peleemos entre nosotros y demos tregua a los poderosos. No, su patria es la lengua de Cervantes, aquella en la que escribe desde mediados del siglo pasado. Así que, aunque no le gusten los premios, no me extrañaría que esta vez aceptara el que lleva el nombre del autor de El Quijote.

Juan es muy cervantino, mucho. Es un hombre muy poco reverente -al contrario, es más bien irreverente-, pero si se inclina ante algo es ante la obra del escritor alcalaíno. Ha escrito cientos de páginas sobre ella, se la conoce de memoria y la admira como insuperable.

Juan no tiene hijos -vive en una casa de la medina de Marrakech con su amigo Adelhadi, cuya familia ha adoptado como la propia-, pero tiene unos cuantos hermanos. Y no me refiero tanto a los que llevan su apellido como a los de elección. Desde hace treinta años, tengo el privilegio de que me haya incluido en esa simpática fraternidad que ha ido creando con aquellos que somos a la vez moros, judíos, cristianos y, sobre todo, descreídos; que preferimos tomarnos unos pinchitos en un chiringuito a sentarnos en la mesa de un príncipe; que admiramos la belleza de la sonrisa de aquellos que con poco se conforman y hasta ese poco se les niega.


La última vez que lo vi fue en Tánger, a finales del pasado agosto. Él veranea allí porque los vientos del Estrecho hacen mucho más soportable su clima estival que el de Marrakech, y también porque le gusta mucho esa ciudad. Fue la primera en la que quiso instalarse tras despedirse de París, donde vivía con su querida Monique Lange. Llegó con la intención de aprender árabe, pero no tardó en descubrir que era un sitio poco adecuado para hacerlo porque casi todo el mundo le hablaba en la lengua de Cervantes. Así que terminó bajando a Marrakech y hablado un estupendo dariya, pero antes escribió Reivindicación del conde don Julián, la mejor obra en castellano sobre Tánger junto a Juanita Narboni, de Ángel Vázquez.

Juan recorrió para ese texto el dédalo de la medina y la alcazaba de Tánger tomando notas de todo con la precisión de un agrimensor, como lo había hecho Joyce con Dublín para su Ulises. Desde la atalaya sobre dos mares y dos continentes del Café Hafa, se identificó con el conde Don Julián, aquel traidor que, según la leyenda nacional-católica, abrió las puertas de la Península a los moros, y desde allí expresó su repugnancia por la España negra. Esa España paleta, codiciosa e inquisitorial que lleva siglos expulsando a los que no comulgan con sus ruedas de molino: judíos, moriscos, luteranos, ilustrados, librepensadores, republicanos, rojos… Una España eterna, al parecer.

Pues bien, sabiendo que Dácil y yo pasábamos unos días en Tánger, Malika Mbarek nos invitó a la tradicional paella veraniega del Chellah Beach. Juan estaba allí con su tribu marrakchí y con la preocupación de siempre por el mal rumbo de los asuntos hispanos y mundiales, la compasión de siempre por la buena gente, la rebeldía de siempre ante el autoritarismo y la iniquidad, el sentido del humor de siempre. Volvió a hacernos reír cuando rememoró la anécdota de cómo Camilo José Cela le pidió que le presentara a Sartre para que le firmara un autógrafo en una botella de coñac. Y cuando declaró por enésima vez que él se siente agradecido a los autores de bestsellers porque son ellos los que hacen ganar a las editoriales el dinero que les permite publicar obras menos comerciales como la suya.

Eso sí, al hermano Juan se le notaban los años en la lentitud y torpeza de sus movimientos. También en la tristeza con la que hablaba de Egipto y de España. Él había soñado con que la Primavera Árabe llevara algo de alivio al querido Valle del Nilo y también con que el siglo XXI terminara jubilando a la peor España, la que lleva siglos fastidiando a las otras. Pero empezaba a aceptar que no vería ni una ni otra cosa, ni tampoco, puestos a darle un repaso al estado del mundo, un poco de piedad con los palestinos.

Juan es un tipo muy valiente. Le plantó cara a Franco y tuvo que exiliarse en París. Fue de los primeros intelectuales progresistas que dijeron en voz alta que no les gustaba nada de nada la Unión Soviética y que tampoco tardaron demasiado en desmarcarse del castrismo. En uno y otro caso le bastó con una visita en profundidad al lugar de los hechos: es un agudo observador, de los que no se creen demasiado los comunicados oficiales y saben leer la desesperación en la mirada de la gente. Y también fue de los primeros que salieron del armario, que reconocieron en voz alta su homosexualidad, dando detalles sobre sus preferencias: los tipos populares robustos y mostachudos.

Juan Goytisolo es adorable, una bellísima persona amén de un extraordinario escritor. Los dinosaurios de papel publicarán mañana decenas de páginas apologéticas sobre su obra. Se las merece todas, como se merece un premio Cervantes que ha tardado muchísimo en llegar. En el mundo, créanme, hace lustros que es reconocido como el más grande intelectual español viviente. Y digo intelectual porque Juan, amén de autor de una considerable obra de ficción, ensayo y periodismo, es un personaje que vive en esta época pero viene de otra: aquella en la que los escritores pensaban que debían comprometer su pluma y su persona con las causas que hacen avanzar a los seres humanos por la vía de una mayor libertad y justicia.

Mabruk, hermano Juan. Te llamaré cuando dejen de hacerlo los medios y nos reiremos juntos.

Este artículo en infoLibre


 
07 NOVIEMBRE 2014 Imprimir

Los Ochenta, en rojo y negro / Novela negra / La Isla Mínima / Crónica Negra

Te podía asaltar un yonqui a punta de jeringa o de navaja cuando regresabas a tu cueva de madrugada, casi siempre sin haber conseguido arrastrar contigo a la chica que tanto te había molado en la discoteca. Te podías despertar escuchando en la radio que arreciaba el ruido de sables, que tal periódico ultra invitaba a los militares a poner fin al rojerío rampante, o que el servicio secreto acababa de descubrir a unos cuantos que ya habían puesto manos a la obra. Te podías encontrar al salir a la calle con el cristal de tu Seat 127 hecho añicos y un amasijo de cables allí donde había estado el radiocasete.

Eran los años Ochenta. La España del último tramo de la década de 1970 y el primero de la de 1980 se asemejaba a la de hoy en su enorme cantidad de parados, en el espectáculo de la pobreza exhibido en calles y vagones de metro, en las muchas tiendas cerradas por quiebra, en la grisura y la tristeza que desprendían el paisaje y el paisanaje, en la incertidumbre colectiva sobre el porvenir. Pero en aquella España en la que, como la de hoy, agonizaba un régimen y otro pugnaba por nacer, había dos lacras propias. Una, muy contada, era la pesadilla del golpe militar; a la otra se le llamaba “inseguridad ciudadana”.

Eran tiempos quinquis, tiempos de navajas y escopetas recortadas. La gente de derechas -siempre ha habido un montón en España- decía que con Franco se vivía mejor. La heroína, el ansia de vivir deprisa de los chavales de los suburbios, la inocencia de las medidas de protección de las propiedades públicas y privadas, la ineficacia de una Policía acostumbrada durante décadas a resolver los casos a hostias, la voluntad de muchos jueces de actuar conforme a procedimientos democráticos, todo ello y otras cosas hacían que la convivencia con el delito fuera el pan cotidiano de la gente. Casi tanto como hoy las llamadas inoportunas de los teleoperadores.

La reciente película La isla mínima, uno de los mejores thrillers de la historia del cine español, recrea muy bien la atmósfera de aquellos tiempos Su historia transcurre en un alucinante escenario rural, el de las marismas del Guadalquivir, y eso contribuye no poco a su extraña belleza. Pero Alberto Rodríguez también podría haber situado en un suburbio de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla al par de maderos que investigan la desaparición y muerte de dos chavalitas.

Aquella España en rojo y negro de los Ochenta tuvo sus narradores, Manuel Vázquez Montalbán, que ya tenía un pasado como periodista antifranquista, era la figura más conocida de aquella primera cosecha del noir nacional. Vázquez Montalbán, cuyas novelas policíacas con el personaje Carvalho se leían mucho, hasta alumbró una revista de crónica y literatura negras que se llamó Gimlet, tuvo una vida corta y de la que la actual Fiat Lux recoge el testigo.

El barcelonés no era el único. Jorge Martínez Reverte, con su personaje Gálvez, Juan Madrid, con Toni Romano, Andreu Martín, Félix Rotaeta, Jaume Fuster, Carlos Pérez Merinero y otros contaban en sus novelas policíacas una España que no solía salir en unos periódicos obsesionados, como hoy, con la política partidista e institucional. La España de antros tapizados con el humo de las frituras, de la peste endémica a tabaco y a hachís, de las jeringuillas en los lavabos, de los chavales que palmeaban canciones de Los Chunguitos a bordo de un Seat 1430 recién robado, de los comerciantes que guardaban una pistola bajo el mostrador, de los policías que se cabreaban porque los detenidos salían libres del juzgado a la hora de entrar, de los jueces que se quejaban de que la Policía les presentara detenidos sin aportar pruebas, de los abogados y curas que intentaban auxiliar a los marginados, de los motines y las fugas en Carabanchel, de los empresarios de la construcción que se iban de putas con concejales…

Todo ello en una atmósfera de golpe militar inminente de la que se daba cuenta en las novelas protagonizadas por el comisario Bernal. Las escribía un narrador exótico, David Serafín, seudónimo tras el que se ocultaba Ian Michael, un profesor galés de la Universidad de Oxford que vivía en Madrid, adoraba España y había leído a Conan Doyle, Agatha Christie y Simenon.

Las novelas de David Serafín han sido reeditadas en estos tiempos por la editorial Berenice, y el hispanista galés, ya septuagenario, sigue viviendo en Madrid, cuya clima seco, según sus médicos, conviene a su salud. Sigue asombrándose de que el mito español presente la Transición como un modelo de pacifismo; a él le pareció bastante sangrienta.

Este texto en Crónica Negra, infoLibre


 
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