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08 JULIO 2014 Imprimir

No con mi dinero / El ingreso y el gasto públicos en democracia / PP, PSOE y reforma fiscal / infoLibre
El periodismo merece ese nombre cuando no se deja embaucar por la palabrería de políticos y empresarios y, cual detective de novela negra, sigue la pista del dinero: de dónde viene y a quién va a parar. Si sale del bolsillo de los contribuyentes y acaba en el de Fulano o Mengano sin que se sepa muy bien a cambio de qué, hay tema, hay un pedazo de tema.

Jesús Maraña está insistiendo en este enfoque al hablar del fondo privado de pensiones del que disfrutan muchos de nuestros europarlamentarios. Amén de que su gestión a través de una sicav luxemburguesa apeste a hipocresía en el caso de políticos que se declaran contrarios a ese instrumento, diseñado explícitamente para que los ricos paguen un mínimo de impuestos, Maraña subraya que dos tercios de las aportaciones a ese fondo de pensiones –privado, recordemos- los pagamos usted y yo. Sí, con el dinero obtenido a través de nuestro trabajo que va a parar a las arcas públicas. ¿Qué otra actividad laboral o profesional disfruta de semejante privilegio? La mía, desde luego, no.

Permítanme recordar que el dinero público, cómo recaudarlo y cómo gastarlo, es uno de los cuatro pilares de la democracia, siendo los otros los derechos y libertades, la elección de los gobernantes y la separación de poderes. Aunque es verdad que en España se habla poco de este asunto en voz alta. Antes, quizá, por el pudor católico sobre estas cosas; ahora, sin duda, por el interés de los beneficiados, el establishment, la casta, el régimen.

Por eso me ha gustado que, en el debate entre los tres aspirantes a la secretaría general del PSOE, se haya hablado de dinero. Pedro Sánchez acertó al citar como uno de los grandes errores recientes de su partido el no haber efectuado durante la primera legislatura de Zapatero una reforma fiscal para que el peso de la recaudación no recaiga casi exclusivamente sobre las rentas del trabajo, mientras las del capital se van casi de rositas, y no haber puesto en pie una auténtica cruzada contra el fraude. (Sánchez también estuvo bien cuando consideró impresentables el indulto al banquero Sáenz y el nombramiento de MAFO, Miguel Ángel Fernández Ordónez, al frente del Banco de España). Eduardo Madina, por su parte, dio un paso en la buena dirección cuando propuso importar el sistema británico de transparencia sobre el gasto público: la posibilidad de saber en apenas dos o tres clics en qué se gasta cada euro que pagamos los contribuyentes. Y José Antonio Pérez Tapias fue el portavoz de la sabiduría al decir que no se puede mantener el Estado de bienestar ni, en general, hacer políticas progresistas de gasto sin hacer políticas económicas y fiscales progresistas.

“Sigan las huellas del dinero”, les decía Garganta Profunda a los reporteros Woodward y Berstein que investigaban Watergate. No hagan caso a las cortinas de humo politiqueras y vayan al grano: quién pagó, quién cobró y a cambio de qué. Mediapart está obteniendo ahora excelentes resultados periodísticos en Francia con esa fórmula: exclusivas que han forzado la dimisión de un ministro socialista de Hacienda y han llevado al arresto y la declaración en comisaría del ex presidente derechista Sarkozy.

El pasado año, charlé en París con Edwy Plenel, director de Mediapart. Recordamos que las revoluciones democráticas americana y francesa del siglo XVIII nacieron, precisamente, por una cuestión de dinero: cuando una mayoría de ciudadanos se negó a pagar más impuestos a la Corona si ésta no reconocía a cambio la preeminencia en la vida pública de los principios de libertad e igualdad.

En el caso americano, todo comenzó cuando la Corona británica quiso imponer un nuevo impuesto sobre el té a sus colonias y éstas exigieron a cambio representación política en el Parlamento de Londres (No taxation without representation). En el francés, cuando Luis XVI convocó a los Estados Generales para que aprobaran nuevos impuestos con los que paliar el déficit de las finanzas públicas. El Tercer Estado (burguesía y clases populares) proclamó de partida que sólo hablaría de ello si los otros dos (aristocracia y clero) aflojaban también la bolsa y si se comenzaban a aplicar en Francia las ideas del Siglo de las Luces.

Tiene razón Pérez Tapias: uno de los errores capitales de la socialdemocracia en los últimos lustros ha sido creer que podía ser progresista en el gasto sin serlo en el ingreso. La socialdemocracia asumió la interesadísima idea neoliberal de que rebajar los impuestos a las grandes fortunas y empresas es mano de santo para el crecimiento y la creación de empleo, y así fue tirando hasta que llegó la crisis y puso las cosas en su sitio.

Zapatero hasta declaró que bajar los impuestos es “de izquierdas”, sin que tan clamorosa ausencia de matiz encontrara demasiada replica entre los suyos. Rebajar los impuestos a las clases populares y medias es, efectivamente, de izquierdas, es justo y necesario; hacerlo de oficio, gratis et amore, a los ricos puede ser un suicidio. Tal fue el caso, entre otros, de la eliminación del impuesto de Patrimonio: recortó los ingresos en la crisis y obligó a concentrar la lucha contra el déficit en el recorte de servicios y prestaciones sociales.

La adopción por el periodismo español de los eufemismos politiqueros y empresariales ha sido uno de los elementos que han dañado su credibilidad. Hablemos claro: el sistema tributario español es confiscatorio para las clases populares y medias, que deben trabajar la mitad del año para Hacienda, a la par que convierte este país en un semiparaíso fiscal para los que miden sus ingresos en cientos de miles o millones de euros.

Una reforma fiscal progresista, basada en el principio clásico de que proporcionalmente debe pagar más el que más gana, debería ser una de las propuestas básicas de la socialdemocracia para la regeneración democrática de España. Quiero suponer que los equipos de los aspirantes al liderazgo del PSOE ya están trabajando en ello. Con calculadoras, por supuesto. Difícilmente puede el PSOE reconciliarse con el pueblo de izquierdas si no hace bandera de este asunto, y difícilmente puede ser creíble como partido de Gobierno si no aquilata al céntimo las ventajas y los inconvenientes de cada supuesto.

Termino: en el lado del gasto, los escándalos confirman que cientos de millones de euros salidos del bolsillo de los contribuyentes españoles se destinan a corruptelas, mamandurrias, privilegios y obras faraónicas. El Estado está, ciertamente, hipertrofiado y una alternativa progresista debería insistir en la necesidad de hacerlo más pequeño, más eficaz y honesto, más centrado en lo esencial: la sanidad, la educación y la seguridad públicas. Pero también es llamativo que el PP, tan neoliberal a la hora de desproteger al común de los mortales, gaste a manos llenas cuando se trata de sus propios dirigentes, sus amigos banqueros y empresarios, sus eventos y obras fetiche. Gürtel y el apoyo a “empresarios” como Blesa y Díaz Ferrán desnudan la filosofía fiscal conservadora: sacarle el dinero a los de abajo para dárselo a los amiguetes de arriba.

El Gobierno y el Estado no tienen dinero: el que usan es siempre nuestro dinero, el de los ciudadanos que trabajamos y pagamos los impuestos honradamente. Estaría bien que la izquierda española lo asumiera: a la hora del ingreso y a la hora del gasto.
Este artículo en infoLibre

 
01 JULIO 2014 Imprimir

¿República imperfecta o monarquía bananera? / Detención de Sarkozy y sucesión monárquica en España / infoLibre

¿Una diferencia entre una república imperfecta y una monarquía bananera?

Francia: Nicolas Sarkozy, exjefe de Estado, es detenido y trasladado a una comisaría para ser interrogado por sus presuntos intentos de obstruir la acción de la Justicia. Ya estaba siendo investigado por varios casos de corrupción y financiación ilegal (el affaire Bettencour entre ellos) en cuyo destape ha sido clave Mediapart, socio de infoLibre.

España: el Gobierno impone la aprobación a toda velocidad, cual si fuera el problema nacional más urgente, del estatuto de aforado para Juan Carlos de Borbón, exjefe de Estado. Entre las acciones judiciales que podría tener que afrontar figuran, al parecer, asuntos de paternidad. Su sucesor, Felipe VI, hereda la condición de inviolable judicialmente.

¿Otra diferencia?

Sarkozy fue elegido por una mayoría de los votantes franceses en 2007; cinco años después, una nueva mayoría le negó en las urnas un segundo mandato.

Juan Carlos fue designado como su sucesor en la jefatura del Estado por el general Franco. En su supuesta ratificación a través del voto de la Constitución de 1978 no participaron más del 70% de los españoles que viven hoy en día. Unos porque no habían nacido; otros porque no tenían edad para expresarse en las urnas; bastantes porque, aun pudiendo hacerlo, se abstuvieron o votaron negativamente. Felipe VI heredó su trono tan solo por ser su primer hijo varón.

Hay repúblicas presidencialistas en las que el jefe del Estado es elegido directamente por los ciudadanos (Francia y Estados Unidos). En otras (Alemania e Italia), el jefe de Estado es elegido por el Parlamento y no detenta el principal poder ejecutivo, que recae en el jefe de Gobierno. Pero en uno y otro caso, su cargo no es vitalicio y su legitimidad procede de la soberanía popular expresada periódicamente en las urnas.

Se han escuchado muchas sandeces en los debates suscitados por la abdicación de Juan Carlos y la entronización de Felipe VI. Un recurso usado ad nauseam por los propagandistas del inmovilismo ha sido formular esta pregunta: ¿prefiere usted la república norcoreana a la monarquía sueca? La demagogia es de sal gruesa: Corea del Norte tiene de república lo que servidor de estrella de la NBA: nada. Es una tiranía que, de ser comparable con algo, lo sería con un reino: la jefatura del Estado la van heredando los hijos de la familia Kim. Como en Siria.

Pretender descalificar la república porque haya tiranías que lleven ese nombre es tan estúpido como pretender descalificar la democracia porque la Alemania del Este de la época de la Guerra Fría se llamara “democrática” (RDA). O porque Franco usara lo de “democracia orgánica”. Seamos serios: los Estados no son cómo se llaman sino cómo son. Ni Corea del Norte ni Siria son repúblicas, ni la RDA ni el régimen de Franco eran democracias.

Cuando hablamos de república todos sabemos a lo que nos referimos, incluidos los que emplean trucos de trilero como el de la monarquía sueca o la república norcoreana. La idea contemporánea de república hereda lo mejor del ideal democrático grecorromano, nace en el Siglo de las Luces y tiene su primera concreción en Estados Unidos y Francia. Aspira a que los individuos sean considerados ciudadanos con derechos inalienables y a que sus relaciones se basen en los principios de libertad e igualdad. Los gobernantes deben ser elegidos por mandatos temporales y deben ejercer poderes limitados y controlados.

No hay república perfecta: nada humano lo es. No lo son ni tan siquiera las fundacionales: la estadounidense y la francesa. La república es una dirección, no una parada donde quedarse para siempre. Y su constitución no es un Corán intocable.

Una república merece ese nombre porque acepta que es perfectible. La estadounidense se corrigió a sí misma al abolir la esclavitud; la francesa, que ya tiene cinco ediciones, sigue corrigiéndose a sí misma al detener a Sarkozy.

Puede haber países bastante democráticos con un monarca al frente, por supuesto. El problema de la España actual, señores trileros, es que no es Suecia. No sólo en lo obvio, lo socioeconómico, también en lo político e institucional. Por decirlo como los redactores de la Declaración de Independencia estadounidense, hay un par de verdades que se han hecho evidentes. Una, que la democracia surgida de la Transición, ya de por sí muy mejorable, se ha ido convirtiendo en un régimen injusto, corrupto y semiautoritario. Otra, que la monarquía, que puede que en algún momento solucionara algunos líos, se ha ido convirtiendo en un quebradero de cabeza en sí misma.

A Felipe VI y al sistema cuya cabecera formal ha heredado le ha hecho un flaco servicio la actitud de sus partidarios en las últimas semanas. Su propaganda ha sido tan unánime que ha recordado a Corea del Norte. Su tono ha sido tan cortesano que ha terminado por empalagar. Su represión de la disidencia tan obscena que ha escandalizado.

El relevo en la Corona no está consiguiendo lo que pretendía. Cada día se ven más banderas republicanas en las calles de España. Cuaja la idea de que, dado que el sistema actual se niega a reformarse a fondo, va a ser necesario cambiarlo.

Ahí es donde los trileros sacan su último truco: ¿prefiere usted una monarquía con Felipe VI o una república con Aznar de presidente?

Bueno, para empezar, ¿quién dice que una III República Española le concedería poderes ilimitados a su presidente? (Podría ser presidencialista o parlamentaria y, en cualquier caso, tendría que garantizar el equilibrio de poderes mucho más que el sistema actual.Precisamente, lo bueno que tendría una nueva fórmula republicana es que podría intentar solucionar con su nacimiento alguno de los líos que tenemos, incluido el territorial).

Y, luego, servidor lo tiene claro: Aznar sólo sería presidente de la república si fuera elegido. Y lo sería por un tiempo limitado: la ciudadanía podría terminar echándolo a patadas expresadas libre y pacíficamente en las urnas.

Como los franceses han hecho con Sarkozy, al que primero sacaron del Elíseo y ahora hasta han detenido.

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