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13 ABRIL 2016 Imprimir

La deshonestidad intelectual / Sobre aquellos que se niegan a reconocer que se han hecho conservadores / infoLibre

 

Ya me gustaría a mí tener el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) para convertir la lengua hablada en la calle en un texto literario tan extraordinario como Voyage au bout de la nuit. No obstante, la admiración que siento por esa novela no es incompatible con la repugnancia que me produce el ciudadano Céline, autor de panfletos antisemitas en los años 1930 y simpatizante de la Alemania nazi. Céline es un ejemplo de manual de cómo se puede ser un gran escritor a la par que un canalla en lo moral, político e intelectual.

Félix de Azúa no es, ni de lejos, tan buen escritor como lo fue Céline, pero, en su descargo, hay que añadir que tampoco es un ciudadano tan peligroso. Azúa es un señorito que piensa que alguien como Ada Colau, una mujer de origen popular e ideas progresistas, jamás debería haber accedido a la alcaldía de la Ciudad Condal. También es un nacionalista, pero españolista, lo que, en su opinión, es serlo menos que si eres catalanista. Y, sobre todo, el flamante miembro de la Real Academia de la Lengua es un deslenguado, lo que no es, ni mucho menos, lo mismo que un practicante de la libertad de expresión.

Los comentarios clasistas y machistas de Azúa sobre Colau –debería estar sirviendo en una pescadería– le han dado espectacularmente la razón a Ignacio Sánchez-Cuenca, que incluye a este personaje entre los ejemplos prácticos de La desfachatez intelectual (Catarata, 2016). Denuncia Sánchez-Cuenca en este ensayo que gente como Azúa, Fernando Savater o Vargas Llosa pontifican en sus artículos periodísticos sobre todo lo divino y lo humano con la misma ignorancia de los datos y la misma petulancia que un cuñado borracho en la cena de Nochebuena. Y desde el mismo punto de vista: siempre reaccionario.

Conozco a Sánchez-Cuenca desde hace algunos años y certifico que es un tipo valiente tras su apariencia tranquila, una especie de Gary Cooper de nuestra escena universitaria. Ha osado criticar a las vacas sagradas de la intelligentsia española –grandes firmas de El País, El Mundo y ABC, autores estelares de nuestras editoriales, convidados indiscutibles en cualquier sarao politiquero o académico– y eso, para qué engañarnos, solo puede cerrarte puertas.

Sánchez-Cuenca le ha puesto nombres y apellidos a lo que muchos pensábamos: ninguno de esos intelectuales se ha jugado el pellejo, como hizo Zola con su J´accuse, denunciando los desahucios, la desigualdad socioeconómica, el recorte de libertades y derechos, la corrupción política y económica (excepto, off course, la de los Pujol) o los despidos masivos. No, nuestras vacas sagradas son monotemáticas: lo que les angustia es una posible ruptura de la sagrada unidad de España, amenaza focalizada ayer en Euskadi, ahora en Cataluña. Y, añadamos, todo lo relacionado con cualquier merma del españolismo castizo: la monarquía borbónica, las corridas de toros, el estilo tabernario de discusión...

El 15-M se atrevió a poner en cuestión los dogmas sobre la actual democracia española vigentes desde la Transición y, en ese sentido, actuó, como escribí en ctxt.es (Son las ideas, estúpido), a modo de un pensador callejero colectivo. Ahora parece haber llegado el momento en que ya puede hablarse de los mandarines del vigente régimen sin estar obligado a una actitud de embelesada y agradecida genuflexión. Gregorio Morán abrió el fuego con su El cura y los mandarines (2014) y Sánchez-Cuenca ha seguido con La desfachatez intelectual.

Se puede ser un gran escritor y un ciudadano dudosamente ejemplar. Tal es el caso de Vargas Llosa, del que acabamos de conocer –sin que nos extrañe demasiado– que, además de ser un hooligan del falso liberalismo de mamandurria, pandereta y corrupción de Esperanza Aguirre, tuvo cuentas oscuras en el paraíso fiscal panameño. Y asimismo se puede ser un intelectual que defendió en su juventud principios y valores libertarios y fue envejeciendo mentalmente muy mal. Tal es el caso de Savater, que en su juventud exaltaba la iconoclastia ácrata de Guillermo Brown y acabó convirtiendo en propagandista de la rojigualda Rosa Díez.

A nadie se le puede negar el derecho a evolucionar intelectualmente, por supuesto. Uno puede haber sido progresista en su juventud y, a medida que aumentaba el dinero en sus cuentas corrientes, iba añadiendo viviendas y fondos de inversión a su patrimonio, compadreaba con el mundo del poder y la riqueza, uno puede ir haciéndose conservador, o sea, asustadizo ante la novedad, la incertidumbre, el cambio. Ese modo de evolucionar es natural, comprensible, tristemente humano. Lo deshonesto es negarse a aceptarlo, pretender que uno sigue siendo un rebelde. Esto, apreciados Savater, Azúa, Vargas Llosa y tantos otros – supone un engaño, un fraude, una impostura.

Me pregunto por qué muchos de los intelectuales citados en el ensayo de Sánchez Cuenca están instalados en el negacionismo, se ponen como una hidra cuando se les dice, sin acritud, tan solo constatando un hecho, que ahora son de derechas. ¿Es el fruto de un sentimiento de vergüenza propia ante la traición al niño y al joven que fueron? ¿Es el deseo de no perder los lectores que consiguieron en su tiempo?

No hay nada malo en ser de derechas, lo extraño es negarse a reconocerlo. Azúa y compañía, sed sinceros con vosotros mismos: asumid que ahora sois conservadores, preferís el orden, la seguridad y la tradición, lo que, insisto, es respetable dadas vuestras edades y situaciones profesionales y económicas. Hacedlo y, estad seguros, aplaudiremos vuestra honestidad.

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17 FEBRERO 2016 Imprimir

Criminalizar la ficción / Sobre el encarcelamiento de titiriteros / Publicado en infoLibre

Jordi Évole decía hace unos días en un informativo de La Sexta que tenía la impresión de que en los años 1980 había en España más libertad de expresión que en la actualidad. Puedo confirmarlo testimonialmente: yo ya era mayor de edad en aquella época y, sí, había más libertad, humor y tolerancia que ahora. Como subrayaron Manuela Carmena y Maruja Torres en sus conversaciones del pasado verano, hoy sería imposible que un Tierno Galván ejerciera la alcaldía de Madrid con el desparpajo libertario con que él lo hacía. ¿Podría decir hoy cosas como ésta: “¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro!” En absoluto; lo lincharían política y mediáticamente.

Me ha apenado ver a Carmena tan acobardada por el asunto de los titiriteros. De ella hubiera esperado que, desde el primer instante, atajara con contundencia lo que hay de aterrador en el encarcelamiento de esos muchachos. Porque el fallo de programación –la obra no era para niños- es un pecado venial que puede resolverse con un coscorrón al responsable del mismo. Lo que resulta gravísimo es que en España se haya sentado el precedente de que te puedan meter entre rejas por un elemento narrativo en una obra de ficción.

O sea, cualquier policía, fiscal o juez puede extraer de una novela, una obra de teatro, un cuadro, una película o una serie televisiva esta o aquella frase, imagen o escena, y detener sin contemplaciones al autor de la obra por apología de tal o cual delito. Por ejemplo, si yo incluyo en una novela a un yihadista imaginario que, en conversación con mi protagonista, intenta justificar las razones de su delirio, es posible que un Torquemada me lleve a Soto del Real por apología de ISIS o Al Qaeda.


A fuerza de ir criminalizando comportamientos so pretexto de luchar contra el narcotráfico o el terrorismo, o en aras de lo “políticamente correcto”, se ha llegado a la apoteosis del liberticidio: criminalizar lo que explícitamente es ficción. Si unos titiriteros sacan una marioneta que lleva una pancarta a favor de ETA con el objetivo de endosársela como prueba falsa a otra marioneta, los titiriteros son cómplices de ETA. Resulta espeluznante, así no hay arte (bueno, mediano o malo) posible.

La culpa también la tenemos nosotros, los que nos consideramos nietos del Siglo de las Luces. Hemos ido consintiendo recortes incesantes de libertades y derechos desde los años 1980. La derecha más reaccionaria, la que asociamos a los Reagan, Thatcher, Aznar y compañía decidió entonces “desacomplejarse” y desencadenar una gran contraofensiva ideológica para imponer universalmente como “naturales” sus principios y valores. Dueña de colegios, universidades, fundaciones y medios de comunicación, esa derecha empaquetó en frases simplonas sus criterios de orden, disciplina y primacía del beneficio privado, y las repitió hasta la saciedad.

Consiguió su objetivo. La derecha ha ganado por goleada la “guerra cultural” contra lo que ella misma identificó con el Mayo del 68. En parte porque, en busca de “respetabilidad”, buena parte de la izquierda asumió como propia la agenda conservadora. A partir del momento en que se sintió avergonzada por hablar de libertad, igualdad y fraternidad, esa izquierda estaba derrotada ideológicamente.

El fenómeno no es, por supuesto, exclusivamente español. En Francia –cuna junto a Inglaterra y Estados Unidos de las ideas progresistas-, el primer ministro, un supuesto socialista llamado Manuel Valls, dice ahora que intentar explicar científicamente las causas del yihadismo equivale a justificarlo. Es decir, que un periodista, un historiador o un sociólogo pueden ser vistos como cómplices de la matanza de París si osan decir que la lucha contra el yihadismo sería mucho más eficaz si se desecaran los pantanos de pobreza, desigualdad y autoritarismo donde nace y se cultiva.

Todavía no han encarcelado a nadie en Francia por intentar aportar la luz de la razón a la lucha contra la sinrazón, pero Valls ya ha comenzado a satanizar ese comportamiento. En España, de tradición más inquisitorial, vamos por delante: ya han sido llevados a prisión dos muchachos por el delito de intentar contar una historia de ficción con marionetas. ¿Qué es lo siguiente? ¿Inventar una máquina que penetre en nuestros pensamientos y se los chive a la Audiencia Nacional?

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