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29 JULIO 2016 Imprimir

La verdad del periodismo y la verdad de las novelas. En memoria de Michael Herr. / Los Diablos Azules / infoLibre

Cuando a la verdad del periodismo y la verdad de las novelas se le añade el talento de un gran cineasta puede surgir una obra tan auténtica como Apocalypse Now. La historia de esta película de Francis Ford Coppola bebe en dos fuentes narrativas previas: El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad, y Despachos de guerra, la recopilación de las crónicas vietnamitas de Michael Herr. La primera aporta el hilo conductor del viaje de pesadilla a través de un río en busca del perturbado Kurtz; la segunda, las espeluznantes escenas que dan cuenta de la demencia que se adueñó de Estados Unidos y sus soldados en la guerra de Vietnam.

Michael Herr ha muerto a comienzos de este verano, a los 76 años de edad. Hacía mucho que no seguía la actualidad, así que, de todas formas, se habría evitado el espectáculo de los asesinatos en masa de estos tórridos meses en Francia, Alemania, Irak, Turquía, Japón, Estados Unidos y otros lugares. Él ya tuvo en Indochina su ración de derrame absurdo de sangre y jamás se repuso. “Vietnam fue lo que tuvimos en vez de una infancia feliz”, solía decir. Cuentan que vivía consagrado a intentar cicatrizar sus heridas internas.

Despachos de guerra (Dispatches, en la versión original) es uno de los mejores libros periodísticos jamás publicados. Herr supo encontrar el febril tono narrativo que convenía a aquella guerra. Nada de transcripción de los ridículos comunicados oficiales de la Casa Blanca o el Pentágono; en su lugar, alucinantes escenas de acción y diálogos tan trepidantes como una escapada del fuego enemigo a través de la jungla. Unas y otros vividos por él en sus múltiples excursiones al frente junto a unos soldados que no entendían qué carajo estaban haciendo allí.

Con aquellas crónicas bélicas para la revista Esquire de entre 1967 y 1969, Herr se convirtió en uno de los ejemplos canónicos de lo que dio en llamarse nuevo periodismo estadounidense, un periodismo que intentaba estar tan bien escrito como, al menos, una novela aceptable. Otros ejemplos fueron lo que nos ofrecieron Truman Capote, Norman Mailer, Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter S. Thompson y Robert Sabbag.

Herr colaboró con Coppola en el guión de Apocalypse Now. (También fue el autor del guión de otra gran película sobre Vietnam: La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick). Su aportación le dio al filme la verdad periodística del asalto de los helicópteros norteamericanos a la aldea vietnamita a los sones de la Cabalgata de la Valkirias, o del estado de total estupefacción química con el que combatían los bravos soldados que allí defendían a Occidente de los terribles peligros del comunismo, la invasión de los marcianos, la irrupción de Godzilla o lo que fuera que encarnaran aquellos hombrecillos de ojos rasgados del Vietcong.

Coppola había querido que el eje de su trama estuviera basado en otra verdad: la de las novelas. En concreto, la de El corazón de las tinieblas. Obra de ficción, El corazón de las tinieblas constituye, no obstante, el mejor testimonio sobre la colonización del Congo por los belgas del rey Leopoldo II. El horror que destila esta corta novela está basado en la propia experiencia de Conrad, que, nueve años antes de escribirla, trabajó de marinero en una expedición por el río Congo y fue testigo de la brutalidad con que los colonizadores trataban a las poblaciones indígenas. El tráfico de marfil, el desvarío de Kurtz y hasta las cabezas empaladas son tan genuinos como el napalm de Vietnam.

La verdad del periodismo se fundamenta en su condición de estar basado en hechos ciertos y verificables. La de las novelas, en su capacidad de poder contar cosas reales que el periodismo no podría hacer sin que el autor, el director y el editor dieran con sus huesos en la cárcel. No son contradictorias: el buen lector sabe que dónde termina una y comienza la otra.

Si está bien escrito, como lo están las crónicas de Herr, el periodismo es literatura de no ficción, un pariente noble del relato, el cuento o la novela. El reportaje le transmite al lector una historia real que puede interesarle, una historia de cuyos hechos, protagonistas y ambientes el periodista es notario.

Si está bien documentada, como lo está El corazón de las tinieblas, la novela es un reportaje presentado con la coartada de la ficción. Le advierto de que todo lo aquí va a leer es fruto de la imaginación del autor, pero, como usted no tiene un pelo de tonto, no va a tardar en descubrir que todo es mil veces más auténtico que lo que dicen el rey Leopoldo II y los periodicuchos que transmiten su propaganda. La novela —así la utilizó Conrad para contar el infierno congolés— puede ser utilizada como un modo de acceder a la verdad sin abrasarse.

La calidad de un reportaje o una novela no están tanto en la historia en sí como en el modo en que el autor hace que el lector la recorra. El periodismo y la novela comparten la obligación de atrapar al lector desde la primera hasta la última palabra. No hay novelista o aprendiz de novelista que lo haya olvidado, pero sí, lamentablemente, la mayoría de los periodistas. Sería bueno que leyeran a Herr y mandaran a la mierda al redactor jefe.

Este articulo en Los Diablos Azules, infoLibre


 
15 JULIO 2016 Imprimir

Atentado en Niza: libertad, igualdad y fraternidad más que nunca / infoLibre / Versión francesa en Courrier International

No pienso hacerle el juego a la barbarie yihadista, no pienso renunciar a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Es lo que ellos desean: que nos pongamos a su nivel, que retrocedamos hasta antes del Siglo de las Luces, que renunciemos a defender la universalidad de la razón, la tolerancia, los derechos humanos y los principios democráticos. Quieren que nosotros también nos entreguemos como corderos asustados al liderazgo de caudillos que nos conduzcan por el camino de una guerra de civilizaciones sin cuartel. Los yihadistas son apocalípticos: creen en la inminencia del Fin de los Tiempos, andan buscando la batalla del Armagedón.

Estuve anoche en la fiesta con que la embajada de Francia en Madrid celebraba el 14 de Julio, el día en que el pueblo de París asaltó aquella fortaleza de la tiranía que era la Bastilla y quiso abrir una era en que la libertad, la igualdad y la fraternidad rigieran las relaciones entre los seres humanos. El despliegue de policías nacionales y guardias civiles con chalecos antibalas y fusiles de asalto era impresionante alrededor de la residencia del embajador francés. También eran concienzudos los registros a la entrada en busca de objetos peligrosos.

Nadie se quejó: todos éramos conscientes de que Francia está en el punto de mira de los yihadistas de un modo particularmente cruel. Y da igual que actúen como lobos solitarios, como grupúsculos locales o siguiendo instrucciones del siniestro Daesh. Todos teníamos en la mente que un descerebrado con un cuchillo de cocina puede herir o matar a un montón de inocentes antes de caer abatido por la policía.

Sonó La Marsellesa y muchos la escuchamos con el sentimiento de que es más que el himno de una nación concreta, de que es un canto universal de rebeldía ante la opresión y la injusticia. Luego, el embajador Yves Saint-Geours, en un excelente castellano, subrayó que España y Francia viven hoy el mejor período de sus relaciones, y, ya en francés, citó los ideales del 14 de Julio, recordó los atentados brutales sufridos en su país en los últimos tiempos, se felicitó porque la Eurocopa hubiera podido evitarlos e instó a no bajar la guardia.

La noche era muy agradable, menos calurosa que las precedentes, y los cientos de franceses, españoles y gentes de otras nacionalidades reunidos en el jardín del embajador la disfrutamos con el espíritu con el que Francia celebra sus veladas del 14 de Julio: como el comienzo de lo mejor del período estival. Sin duda, miles de personas sentían lo mismo mientras veían los fuegos artificiales en el Paseo de los Ingleses de Niza.

Los yihadistas son bastante transparentes y en su actual ola de barbaridades en Francia dejan muy claro su mensaje. Odian la libertad de expresión, odian el humor y odian la irreverencia ante lo tradicional, lo sagrado, lo de toda la vida. Por eso atentaron contra Charlie Hebdo y tiene bemoles que los libertarios pusiéramos en esa ocasión los muertos y la ultraderecha sacara el rédito carroñero. Los yihadistas odian la joie de vivre, la alegría de vivir. Por eso atentaron en París contra un partido de fútbol, la gente que cenaba un viernes en las terrazas y la que escuchaba un concierto de música. Y, por supuesto, odian el Siglo de las Luces, las revoluciones americana y francesa, la separación del Estado y la religión, los ideales democráticos. Por eso atentaron en Niza precisamente el 14 de Julio.

¿No creen que sería de gilipollas seguirles el juego renunciando a todo eso que odian y entregándonos a aquellos de los nuestros que más se les parecen? ¿Cruzada contra yihad?

El yihadismo es una peste totalitaria que, como otras anteriores, tiene raíces ideológicas, políticas y socioeconómicas. Sus primeras víctimas, no lo olvidemos, son los árabes y musulmanes. Nueva York, Madrid, Londres, París, Bruselas y otras ciudades occidentales han sufrido atentados espantosos en los tres últimos lustros, pero también Beirut, Marrakech, Estambul, El Cairo, Dacca y Bagdad. Confundir el todo –el universo islámico– con la parte –el yihadismo– es un error tan monumental como identificar Alemania con los nazis. La inmensa mayoría de nuestros vecinos del Sur y el Este del Mediterráneo son aliados potenciales en la lucha por tierra, mar y aire contra esa peste. Es un factor que habría que usar con inteligencia.

¿Reforzar la seguridad? Es evidente. La eficacia de los servicios policiales y de inteligencia es manifiestamente mejorable sin necesidad de recortar la esencia de nuestras libertades y nuestros derechos. No necesitamos esas aparatosas ruedas de prensa, comparecencias institucionales, pactos antiyihadistas y cumbres extraordinarias a las que tan aficionados son nuestros políticos para salir en los telediarios, sino el tipo de labor callada e incesante de los agentes de seguridad que detecta a los descerebrados antes de que actúen.

He escrito antes "por tierra, mar y aire" y eso quiere decir que el combate contra el yihadismo debe ser global: no solo policial y militar, también ideológico y cultural, político y socioeconómico. Hay que desecar los pantanos donde anida y crece la peste. Hay que impulsar la democracia, el desarrollo económico y un mínimo de justicia social en el mundo árabe y musulmán, como se hizo en Europa para impedir la reaparición de los fascismos tras la Segunda Guerra Mundial. Hay que presionar a los jeques fundamentalistas del Golfo para que cesen de predicar y financiar su lectura salafista del islam. Hay que dar una solución al drama de los palestinos. Hay que mejorar la integración de los hijos de la inmigración en los principios y valores de las sociedades democráticas. Hay mucho que hacer y lamento decir que no se puede hacer antes del próximo telediario o las próximas elecciones.

Y, sobre todo, hay muchas cosas que no se deben hacer. No se debe repetir el error criminal del Trío de las Azores al invadir y destrozar Irak, convirtiéndolo en cantera y campo de operaciones del yihadismo. Los cretinos de Bush, Blair y Aznar nos decían que el mundo iba a ser más seguro después de la invasión de Irak; resulta evidente que no lo es.

Ningún sufrimiento de los tuyos justifica que causes sufrimiento a otros. El dolor de los sirios e iraquíes no justifica al individuo que atropelló con un camión a los inocentes de Niza. Los bisnietos del 14 de julio no podemos actuar como ese asesino.

Publicado en infoLibre en la mañana del 15 de julio de 2016

Traducido al francés por Courrier International.


 
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