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09 ABRIL 2021 Imprimir

"¡Que os den morcilla!" / Reseña de la biografía de Berlanga escrita por M. A. Villena / infoLibre

Dos hombres son arrastrados contra su voluntad hacia el patíbulo a través de un hangar inmenso y vacío; uno va a ser ajusticiado en cuestión de minutos por el procedimiento del garrote vil, el otro es el verdugo que debe desnucarle. Inspirada en un hecho real, esta penúltima secuencia de El verdugo, a la altura de las mejores de la historia universal del cine, sigue siendo tanto un retrato de la España del franquismo como un poderoso alegato contra la pena de muerte. Su autor, como ustedes saben, es Luis García Berlanga (1921-2010), director de películas que siguen muy vivas.

Con motivo del centenario del nacimiento del cineasta valenciano, Miguel Ángel Villena ha publicado en Tusquets una biografía titulada Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente. Nacido también en la ciudad del Turia, periodista cultural en El País durante cinco lustros, redactor y editor luego en infoLibre y tintaLibre, Villena ha ganado con este trabajo el Premio Comillas 2021 de  Biografía, Historia y Memoria. No es de extrañar: su reconstrucción de la vida y obra de Berlanga es tan entretenida como bien documentada y contextualizada.

Gran voyeur, Berlanga empezó a ver el mundo desde la pastelería que su familia materna tenía en el centro de Valencia. Ahí empezó a forjarse “su perspicacia para captar los comportamientos humanos”, afirma Villena. Y añade que de aquella Valencia de la Segunda República, próspera y liberal, huertana y fenicia, fanfarrona y hedonista, el cineasta heredaría muchos de los rasgos de su carácter y su arte.

Berlanga desembarcaría en Madrid en la segunda mitad de los años 1940 para estudiar cinematografía y allí entablaría amistad con Juan Antonio Bardem, del que le irían separando sus diferentes ideas y formas de vida. Berlanga no optaría por el neorrealismo de denuncia social a la italiana, al que preferiría su particular interpretación del sainete español y cuya primera gran entrega sería Bienvenido Mr. Marshall. En un Villar del Río convertido en símbolo de una irrisoria España eterna, el alcalde interpretado por Pepe Isbert soltaría la proclama que, lamentablemente, seguimos escuchando hoy a nuestros políticos: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar”.

Y es que el cine de Berlanga siempre fue muy realista a su manera, siempre describió personajes y situaciones existentes. Villena cuenta algunos de los hechos reales que inspiraron historias del cineasta, sucesos a los que él sabía sacar un jugo sabrosamente mordaz. Así la citada penúltima secuencia de El Verdugo o, en esta misma película, el casamiento del pobre, inspirada en la propia boda de Berlanga con María Jesús Manrique, con la que viviría hasta el final de sus días y tendría cuatro hijos. También, el cese del subsecretario en Todos a la cárcel, semejante al que él había sufrido en la dirección de la Filmoteca de manos de Javier Solana y Pilar Miró.

La colaboración de Berlanga con Rafael Azcona (1920-2008) en la escritura de sus  guiones acentuaría el humor negro de las películas del valenciano. Esta formidable pareja alumbraría obras maestras de nuestro cine como Plácido, El verdugo, La escopeta nacional y Patrimonio nacional, las tres primeras ácidos retratos del franquismo, la cuarta sátira iconoclasta de la transición. También se atrevieron con La vaquilla (1985), filme pionero en el tratamiento cómico  de la Guerra Civil, al que supieron ponerle ese lúcido y terrible final en el que los buitres devoran a la res mientras unos y otros contemplan cariacontecidos la escena.

“Para mí”, escribió Berlanga en Bienvenido Mister Cagada, “nuestra Guerra Civil ha sido más trágica, más épica, más literaria, más cinematográfica y más violenta que la Guerra de Secesión norteamericana. Hollywood sigue viviendo de ella, pero en España hablas a cualquiera de rodar una película sobre nuestra guerra y te mandan a tomar por culo. Inconcebible. En fin, así es España”. El maestro tenía razón: el tabú que, todavía hoy, pesa sobre el tratamiento literario o cinematográfico de aquella contienda revela que, pese a la retórica, sus heridas no han terminado de cicatrizar.

Miembro de una generación para la que el cine fue “pasión y liturgia”, Villena repasa todas y cada una de las películas de su paisano. Destaca sus rasgos comunes: la preferencia por una interpretación coral, el ruido y bullicio de jornada fallera que las recorre, el abundante empleo del plano secuencia… Aunque le gustara cultivar una imagen de despistado y caótico, Berlanga, según nos informa Villena, era un perfeccionista que preparaba con todo detalle sus rodajes. Daba, en cambio, latitud a sus actores, consiguiendo así que en sus películas brillen indeleblemente Elvira Quintillá, Pepe Isbert, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Luis Escobar, Agustín González, José Sazatornil, José Sacristán, Concha Velasco y tantos otros.

Berlanga se proclamaba anarquista burgués, se confesaba erotómano y gamberro, bromeaba con su nostalgia del imperio austrohúngaro y siempre fue librepensador, anticlerical y enemigo de cualquier moral represiva,  subraya Villena a lo largo de esta biografía. Nunca se casó políticamente con nadie, y una de sus últimas películas, Todos a la cárcel (1993), retrató el triste final del felipismo por mor de la arrogancia, la apología del pelotazo y la corrupción política y empresarial.

Consiguió el valenciano construir una obra cinematográfica coherente y perenne, una agridulce caricatura de la España de la segunda mitad del siglo XX y el arranque del XXI, que es también la de cierta España eterna, la España del esperpento, la picaresca y la hipocresía. Las películas de Berlanga siguen siendo tan útiles para comprender el presente de nuestro país que la Real Academia de la Lengua terminó aceptando el  uso del adjetivo “berlanguiano” para expresar parte de lo que somos. ¿Cómo calificar si no el traslado en helicóptero de los restos de Franco desde el Valle de los Caídos a El Pardo?

España, esa sempiterna aldea de Villar del Río donde la gente habla y habla sin parar, pero jamás escucha, terminó fatigando a Berlanga. Villena llega a la conclusión de que su paisano resumió su testamento ácrata en el exabrupto del personaje interpretado por Sazatornil al final de Todos a la cárcel: “¿Sabéis lo que os digo? Que se vaya todo al carajo. La empresa, la familia y el país entero. ¡Que os den morcilla!”

Este artículo en infoLibre


 
20 NOVIEMBRE 2020 Imprimir

¡Que viva John Reed! / Reseña de "México Insurgente" en Los Diablos Azules / Periodismo

México insurgente

John Reed

Traducción de Íñigo Jáuregui

Ilustraciones de Alberto Gamón

Capitán Swing, octubre de 2020

 

JAVIER VALENZUELA

El porvenir del periodismo escrito está en lo mejor de su pasado: historias relevantes y verdaderas, historias bien contadas, con pluma clara, rica y vigorosa como la de John Reed en México insurgente. Así practicado, el periodismo escrito es inmortal, es el mejor borrador de la Historia y un apasionante género literario.

Nacido en una familia burguesa y graduado en Harvard, John Reed (1887-1920) llegó a México en 1911 para cubrir la revolución popular contra el dictador Porfirio Díaz y su sucesor, el pérfido Victoriano Huertas. Guiado por el espíritu de “honestidad intelectual” al que él mismo alude en el prólogo de México insurgente, el joven reportero rechazó cualquier equidistancia entre los bandos y puso su corazón y su cerebro al servicio de los revolucionarios. Lo mismo haría años después con Diez días que estremecieron el mundo, la obra en la que dio testimonio de la revolución rusa de 1917.

Se cumple ahora el centenario de la muerte de John Reed, cuyo personaje fue interpretado por Warren Beatty en su película Rojos, y con tal motivo Capitán Swing ha hecho una espléndida edición de México insurgente, ilustrada por Alberto Gamón. Su lectura nos hace acompañar a las tropas revolucionarias a través del paisaje del norte de México, con sus llanuras desérticas sobrevoladas por buitres y apenas puntuadas por unos cuantos cactus y mezquites. Y, al calor de las hogueras nocturnas, fumando tabaco o maíz, nos hace sentir la bravura del alzamiento a favor de la libertad, la tierra y la dignidad de aquellas gentes envueltas en sarapes que compartían lo poco que tenían, reían hasta en la tragedia e iban de frente, sin engaños.

Reed no necesita los giros truculentos e inverosímiles a los recurren tantos novelistas y guionistas de hoy para intentar seguir manteniendo el interés. Su relato, auténtico y trepidante, está  sazonado con mil relatos auténticos y trepidantes de los combatientes y los peones campesinos por los que luchan. Y también de vívidas escenas cotidianas de riñas de borrachos, peleas de gallos, tiroteos gratuitos, bailes interminables, autos sacramentales interpretados por muchachas… Y, por supuesto, de batallas en las que sentimos el galopar de los caballos, el crepitar de los fusiles, el tableteo de las ametralladoras, el retumbar de los cañones y el latir de los corazones de los soldados. Escribe: “Una docena de soldados harapientos, tumbados muy juntos los unos de los otros, se pusieron a improvisar la melodía y la letra de una canción sobre la batalla de Torreón. Era el nacimiento de un nuevo corrido. Sentí que todo mi afecto era para aquella gente amable y sencilla, tan adorable”.

Particularmente bueno es el retrato de Pancho Villa, al que John Reed frecuentó en Chihuahua. Campesino pobre, bandolero generoso a lo Robin Hood, la revolución convirtió a Villa en un general tan hábil como Napoleón. Era un hombretón franco, temerario y romántico que no se fiaba de nadie y a nadie contaba sus planes; un general que incorporó a sus tropas los ferrocarriles y el telégrafo, la artillería y los hospitales de campaña, pero resultaba imprevisible porque atacaba dónde y cuándo nadie lo esperaba; un tipo leal y humilde que nunca quiso ser presidente de México, que siempre obró a favor de la causa general. Inmensamente querido y popular.

De Villa cuenta John Reed que “no entendía que se adjudicaran grandes parcelas a los ricos y no a los pobres, y que su gran pasión eran las escuelas. “Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización”, añade. “Los soldados rasos lo adoraban por su valentía y su humor tosco y rudo”.

México, proclama Reed, es “una tierra para amar y luchar por ella”. En este libro, el reportero estadounidense demostró su amor por esa tierra, y se comprometió con su lucha, con una prosa envidiable. Y nos dejó en este párrafo una pregunta que aún no ha encontrado respuesta:

“El anciano tiritaba y acercó al fuego su cuerpo consumido.

-Muchas veces me he preguntado –dijo serenamente- por qué los ricos, teniendo tanto, quieren más. Los pobres, que no tenemos nada, queremos muy poco. Solo unas cuantas cabras”.

 

Este artículo en Los Diablos Azules, infoLibre

 


 
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